Movimiento Suspendido

Al ver la obra de Isabel por primera vez, más que centrarme en las figuras me centré en las marcas del pincel, en la torpeza gruesa de los trazos y las diferencias de volumen que exhibía el óleo en la superficie acrílica. Invita a mirar, a fijarse en los cambios de color, en los diferentes tonos que conforman el color de la piel, en los construidos brillos de telas y cueros. La pintura aquí sobrepasa todo, va más allá de la idea o el discurso para el que trabaja y se presenta simplemente como lo que es. Eso es lo que lleva a detenerse.

Y es que todo en la obra es movimiento: los acrílicos que dejan traslucir tanto el derecho como el revés de las personas pintadas —presentándolas y ocultándolas, mostrando la imagen acabada por un lado y los gestos primerizos por el otro—, el espectador que se sitúa en diferentes ángulos para descubrir nuevas partes de la obra y a la vez hacerse parte de ella, las direcciones contrapuestas de los dos grupos de marchantes representados que se oponen y/o complementan entre sí. Están los pasos de la pintura, de la gente representada, del espectador.

Es difícil abstraerse de ella, mirarla de lejos. El que las personas en primer plano estén a tamaño natural, sin un fondo concreto y evidenciando su factura pictórica, inquieta pues uno se siente parte y no parte de aquello que se asemeja a la cotidianidad de todos los días —ver gente pasar— pero que no es real. “Movimiento suspendido” es y no es a lo que alude su título, ya que sugiere cuestionamientos de escalas, de posiciones, de realidades nacionales que se confrontan a partir de una imagen, pero compuesta de un sinnúmero de trazos y disposiciones que nos permiten apreciar tal dinamismo desde la quietud de la pintura.

Catalina Matthey
2013

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